Festivales — 03/10/2016 at 19:29

V edición del EnoFestival

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Crónica de la V edición del EnoFestival, un proyecto que une la cultura del vino y la música, al que tenemos mucho cariño porque lo vimos nacer y crecer hasta convertirse en una cita ineludible para todos los amantes de ambas cosas. Os dejamos con el texto de Elena Rosillo y fotos de Alejandro del Estal.
 

Texto Elena Rosillo
Fotografías Alejandro del Estal
 
La 5ª Edición del Enofestival, el “festival de música y cultura del vino”, como bien reza su slogan, se desarrolló este año en el Teatro Goya de Madrid. Más alejado que el Círculo de Bellas Artes, pero más íntimo y centrado en el concepto que se trataba de transmitir. Un recinto dividido en coquetas estancias, la sala de conciertos, la sala de catas y eno-talks (siguiendo el concepto de las conferencias TED), e incluso un pequeño espacio para food-tracks, que se convirtió de manera elegante y sencilla en un lugar en el que poder maridar vino, música y debates.
 
Sacando partido de lo aprendido en las catas, nos proponemos el reto de explicar la música a través de conceptos enoculturales. ¿A qué sabe la música? En este caso, está claro que fue a vino. Y del bueno.
 
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Comenzaba la asturiana Lorena Álvarez y su Banda Municipal a primera hora del mediodía, bien compaginada previamente con una cata vermutera. Y es que, sin duda, la música tradicionalmente folk de Lorena, un maridaje de elocuencia post-moderna (“me da igual que tengas mil novias, porque sé que solo piensas en mí”) con la rudeza instrumental de herramientas terrenales, bien nos podría recordar el recuerdo de ese vino caliente y pegajoso, rápido en el trago – las canciones de Lorena apenas alcanza alguna los tres minutos -, y largo en la digestión (“dijiste que aguantarías y te corriste”). Un sorbo de esos que te dejan calentito para todo el día, con energía y vigor para soportar a cualquier “pesado” de esos que canta la Álvarez y su banda. La asturiana nos dejaba con su simpatía y eterna sonrisa, que uno nunca sabe muy bien si es irónica, con el
ánimo en alto y la mente llena de mensajes de ahora con el ritmo de nuestros antepasados.
 
La seguían los Trajano!, muy guays ellos con sus politos, su teclista impertérrito, su bajista con tendencia a hacer equilibrios con el batería, y un cantante que mantiene el tipo ante cualquier descabellada y Trajanesca situación. De menos a más, sacando a relucir sus dejes, tanto a Ciudad Jardín como a ese post punk oscuro de finales de los 80, y demostrando que lo suyo es, ante todo, actitud, los madrileños (es un decir) no decepcionaron a la audiencia con sus Las nieves del Kilimanjaro. Si tuviéramos que elegir un vino para ellos, sería el tinto crianza. Oscuro como el ópalo, ácido y pesado en boca, pero brillante a fuerza de años en barrica (digamos que la barrica es el underground capitalino, en este caso).
 
Trajano!
Trajano!
 
Luis Brea, más guapo que otras veces, y también más aburrido – apenas nos privilegió con sus soliloquios -, bregó a expensas de un micrófono que no dejaba entender con claridad sus estupendas letras (Brea no deja de ser el psicólogo del indie). Por supuesto, no podía faltar su “experta en aparcar por Malasaña” dentro del repertorio. De ser un vino, Luis Brea respondería a uno blanco, suave, civilizado, de esos que te tomas en una terraza del 2 de mayo con tus colegas mientras arreglas el mundo. Un verdejo placentero con un ligero toque de picor y regusto en boca, de esos que te apetece volver a repetir.
 
Luis Brea
Luis Brea
 
Los Nastys, esos sí que son difícil de acertar con un vino, pues su sabor más acorde es el de la cerveza que salió volando del mini a golpe de pogo salvaje. Aunque pogos no hubo muchos en este festival. El vino invita a la civilización más que a la cerveza, y Los Nastys estrenaba batería (un enorme cambio dentro de la formación, sustentada en la base rítmica), polla de plástico y corona del Burger King en una actuación tan llena de sudor como es deber. El final, un clásico: Luis tirado encima de la batería. Cómo no, Los Nastys responderían a ese vino joven y peleón, difícil en paladar y juguetón en el estómago, indomable y divertido (y gustoso de mezclarse con gaseosa).
 
Los Nastys
Los Nastys
 
Carmen Boza relajaba la energía física de los garageros con otro tipo de intensidad. De nuevo, el micro principal hacía difícil descifrar las cuidadas reflexiones de la madrileña, de aspecto salvaje y energía expansiva a pesar de su posición estática, amarrada a su guitarra. Como un imán, Boza atrae con un magnetismo sencillo y sincero, además de una voz de dejes temblorosos – que casi podrían recordar a un Ángel Stanich en versión femenina – y unas historias que llegan al paroxismo bajo el ritmo de blues que mejor le sienta a Boza. Como bien se nos explicaba durante las catas, el cava es el comodín del maridaje. Bien puede disfrutarse acompañado de una carne roja o de un pescado fino, pues su sabor siempre resalta. Carmen Boza luciría igual en un escenario teatral o en uno festivalero, pues su sabor, chispeante e inconfundible, la haría destacar siempre.
 
Carmen Boza
Carmen Boza
 
Soleá Morente llenaba el escenario por si sola, aunque acompañada de una banda de primera categoría que no hacía sino respetar los deseos de una diva de la canción como las que ya quedan pocas en un país que vio pasar de Raffaella Carrà a Lola Flores. Por la sangre de Soleá corre arte y rebeldía a partes iguales, algo que demostró desde el mismo momento en el que se enfundó una guitarra flamenca para acompañar a su quejío, menos desgarrado, pero más sutil y ajustado a los cánones del indie, que el tradicional. Porque Soleá es flamenca, pero también pop, lanzándose con una conocida versión de Los Planetas, como también con tonadillas populares. Una rara avis que habría de convertirse por derecho propio en abanderada del nuevo flamenco español, como ya lo ha hecho Niño de Elche, fiel heredero de la estela que marcó Enrique Morente. Y es que a los gitanos flamencos no les gusta que las mujeres toquen la guitarra. Tomatito llegó a tener hijas e hijas hasta dar con el varón al que coronar sucesor de los secretos de la guitarra flamenca que acompañó a Camarón. Que la Soleá Morente cogiese una guitarra durante el enofestival no resultó un acto revolucionario para la audiencia, quien acababa de ver a Carmen Boza esgrimir con orgullo y sin ningún compromiso, pero sí lo significa para el flamenco más arraigado. Ese que tan solo admite (y a regañadientes) entre sus filas a una guiri rubia (y para colmo vegetariana) como Bettina Flatter. Soleá Morente fue como el vino suntuoso, fuerte en barrica, de regusto afrutado y dulce en el paladar, y cuerpo denso y contundente. Como un gran reserva.
 
Soleá Morente
Soleá Morente
 
Cerraba la noche Joe Crepúsculo con su show sintético y anfetamínico. Descargas de energía constante a ritmo de bases ochenteras, letras surrealistas e introspectivas a partes iguales y, por supuesto, luces de colores. Como un vino rosado espumoso, en cierta forma elegante dentro de su envoltura kisch.
 
Joe Crepúsculo
Joe Crepúsculo
Tocaba el fin del festival con mejor vestimenta de Madrid (a ratos daban ganas de dejar una alfombra roja para admirar los modelitos de los asistentes) con ganas de más, y más vino, y más música. Eso, siempre.
 
 

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